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El alcohol: un virus social

Al contrario de lo que parece esto no se trata de una crítica social, ni de un encarnizado reclamo a los inescrupulosos comerciantes de esta letal, pero irresistible sustancia.

Tomar, beber, libar no es nada del otro mundo en este lado del planeta, ni en esta época. La gran mayoría de las personas lo ha hecho por primera vez en la adolescencia, complicada etapa de la vida en que se despierta en los seres humanos un incontrolable deseo de probar todo.



¿Qué está pasando?




El alcohol no es ajeno a estas aspiraciones, se convierte en todo un rito de iniciación o inserción a la sociedad, representa también un cambio de estatus y a su vez es la prueba que se necesita para pertenecer a un grupo social.

Es muy cierto que el hombre es un ser social por naturaleza, la satisfacción de una serie de necesidades primarias (alimento y protección) conlleva al pleno desarrollo o la autorealizacion máxima, es el punto en el que el hombre ha podido alcanzar la cúspide de sus logros (esto desde el punto de vista individual).


La panza chelera


El hombre yerra por el mundo buscando la aceptación de los demás, todo el esfuerzo que hizo a lo largo de su vida, se ve recompensado una vez se siente parte de algo, de un todo, de un grupo social, el cual ejerce cierta presión sobre él, pues establece una serie de normas y parámetros que son requisito para asegurar su permanencia dentro del grupo.

Es así como muchas veces nos sentimos obligados a beber. Hay veces en las que se nos pega la gana de sentirnos embriagados, estar presos de esa efímera sensación de suavidad y relajo, en que nada te importa más, que beber otra copa, es delicioso sí, pero no es saludable.


Cuando se ha probado el alcohol ya se tiene algo en común con los demás, el placer puede tornarse corto o eterno, eso depende de la persona...es muy triste cuando se nos va la situación de nuestras manos y es difícil dejar de hacerlo, no todos respondemos de la misma manera ante sustancias desconocidas por nuestro organismo, hay quienes generan una fuerte dependencia por el alcohol, generándose una adicción, punto de quiebre.

No niego que cada cuanto, que se me antoja, me pego unos traguitos, y por qué no comparto unas chelitas con unas amigas o el acompañante de curso. No lo considero un hábito dañino, ni pretendo exhortar a las masas que dejen de hacerlo, pero sí pedir que lo hagan con moderación, pues considero que el alcohol, en todos sus versiones, es un endulzante en momentos de divertimento, pero solo cuando lo es en dosis pequeñas.

Suena trillado, pero una vida es de un precio incalculable, más aún si es la nuestra (frase ególatra). Hay que querernos, respetarnos y actuar como seres razonables, que pueden controlar la situación, controlemos nuestras dosis, veremos que podremos divertirnos más, pues cuando estas ebrio, la fiesta no se vive igual, al next day no recordarás casi nada y te sentirás mal por haberte perdido toda la diversión, así que de bueno no tiene nada. Un afectuoso saludo a mis camaradas de sanas pero tremebundas perdidas (:

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